
“Una sola tierra” es el lema del Día Mundial del Medio Ambiente 2022, que se celebra, como cada año, el 5 de junio, y que llama a vivir de forma sostenible y en armonía con la naturaleza.
La campaña de este año ha querido destacar los efectos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación.
Esto, sin dejar de remarcar la importancia de trabajar juntos y compartir los recursos de la Tierra de manera equitativa, para proteger y restaurar el mundo natural del que dependen nuestras sociedades y economías.
Solo una tierra
Según la ONU, el mundo se enfrenta a tres grandes crisis ambientales:
- el cambio climático
- la pérdida de la biodiversidad y la naturaleza,
- y la contaminación.

Todas estas crisis son impulsadas, en mayor o menor grado, por la actividad humana y los patrones insostenibles de consumo y producción en los que las comunidades más vulnerables del mundo suelen ser las principales afectadas.
“Vivimos en este planeta como si tuviéramos otro planeta para vivir” es la frase más utilizada para justificar las acciones necesarias para reducir, por ejemplo, el 67% de las emisiones de gases de efecto invernadero que están asociadas a nuestro estilo de vida.
Y, si bien hay miles de millones de galaxias en el universo y miles de millones de planetas en nuestra galaxia, hasta donde sabemos, solo hay una Tierra.
Una Tierra que está en estado de emergencia. Ejemplos de esto son los siete millones de personas que mueren anualmente como resultado de la contaminación del aire, o los treinta millones de personas obligadas a abandonar sus hogares como resultado de la alteración del clima.
Sin embargo, estas cifras podrían ser aún peor; se espera que la exposición al aire contaminado aumente en un 50 % en esta década, mientras que los desechos plásticos que fluyen hacia los ecosistemas acuáticos podrían triplicarse para 2040.
Un planeta azul
Hasta donde sabemos, no hay otro planeta como el nuestro. Un planeta que gracias a nuestra atmósfera y a la presencia de agua en los mares y océanos lo hemos llamado como «el planeta azul».
Justamente, el agua, que ocupa el 70% de su superficie, uno de los recursos naturales que más preocupan en la triple crisis que atravesamos.
Según el último informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), el cambio climático está generalizado y se está intensificando, afectando particularmente al ciclo del agua, cuya interrupción provoca lluvias más intensas e inundaciones asociadas, así como sequías más intensas en muchos países y regiones.
Además, las tasas de calentamiento de los océanos muestran un aumento particularmente fuerte en las últimas dos décadas.

Relacionado con esto está la pérdida de biodiversidad y naturaleza. Los ecosistemas acuáticos, ya sean de agua dulce, costeros o marinos, se están viendo afectados tanto por el cambio climático como por la alta demanda de la población por el recurso.
De hecho, la ONU advierte que solo en el último siglo, hemos destruido la mitad de nuestros humedales y que entre el 20 y el 90% de los humedales costeros existentes corren el riesgo de desaparecer a fines de este siglo, dependiendo de qué tan rápido suba el nivel del mar.
La contaminación de las aguas
Finalmente, a pesar de la disponibilidad de tecnología para abordar los problemas, el Día Mundial del Medio Ambiente, nos recuerda que la contaminación del agua sigue siendo motivo de preocupación.
Más del 80% de las aguas residuales resultantes de las actividades humanas todavía se vierten en los ríos o el mar sin ningún tratamiento, generando contaminación y, por lo tanto, degradación de los ecosistemas y pérdida de vidas humanas.
Abordar estas crisis no solo es fundamental para salvar vidas y mejorar el futuro de miles de millones de personas, sino que ya es una cuestión de nuestra supervivencia en este planeta.
Con casi los mismos problemas que hace cincuenta años, el Día Mundial del Medio Ambiente se ha establecido como un grito de guerra para cambios profundos en las políticas y en nuestras decisiones para permitir vidas más limpias y sostenibles, en armonía con la naturaleza.
El cambio climático está aquí, ahora. Tenemos que actuar.[:en]En tiempos de escasez hídrica, la intrusión salina en acuíferos costeros es uno de los fenómenos más preocupantes. A nivel mundial, cerca del 40% de la población vive a menos de 100 kilómetros de la línea de costa, mientras que en Chile, el 21% de los habitantes lo hace a menos de 10 kms del litoral.
Lo anterior, más el rápido crecimiento demográfico, ha incrementado la presión por el uso de agua subterránea destinada al consumo humano y a las actividades productivas.
Qué es la intrusión salina
Se denomina intrusión salina al movimiento permanente o temporal del agua salada tierra adentro, desplazando al agua dulce. Se considera que el agua captada de un acuífero costero se contamina (saliniza) cuando la porción activa de la captación se ve afectada por la zona de mezcla de agua dulce y agua salada o por la propia agua salada.
Una mezcla de aguas que contenga una fracción pequeña de agua salada, del orden del 3 a 4%, añade entre 600 y 800 ppm de cloruros al agua dulce, lo que en general supone que el agua resultante tenga una salinidad muy alta e inadecuada para la mayoría de los usos potenciales.

Precisamente esto es lo que puede producir la extracción excesiva de agua de los acuíferos costeros, donde la disminución del recurso permite que el agua salada sea arrastrada hacia las zonas de agua dulce, dejándolos muchas veces inutilizables.
Por este motivo se requiere cada vez de una planificación adecuada, que permita su aprovechamiento responsable y sostenido en el tiempo, reduciendo su vulnerabilidad frente al incremento de la demanda.
El cambio climático y la intrusión salina
Otros factores que influyen en la intrusión de agua salada en los acuíferos costeros son las fluctuaciones de las mareas, los cambios climáticos y del nivel del mar, circunstancias que aumentarán la presión del agua de mar hacia los acuíferos de agua dulce.
Esta situación tiene una enorme relevancia para nuestro país, debido a su extensa longitud costera, a la cantidad de asentamientos urbanos y a las crecientes exigencias de abastecimiento.
Todos estos elementos han impulsado el desarrollo de metodologías de análisis y modelos para la interpretación de este fenómeno, en conjunto con tecnologías y protocolos de observación, control y prevención para mantener la intrusión salina bajo control.
En consecuencia, la gestión de las aguas subterráneas en zonas costeras es un punto crítico para el desarrollo sustentable de las ciudades y de sus actividades económicas. Caracterizar estos escenarios se hace cada vez más imperativo para una gestión planificada del recurso hídrico en un escenario local y mundial con cada vez menos disponibilidad de agua dulce.





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